Por Eva Grinstein

Naturaleza y cultura¬
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En sus cuadros de frutas y verduras, Diana Aisenberg usa el color vegetal como paleta y elabora un planteo que, como en un juego de cajitas chinas, contiene una reflexión sobre la cuestión de las determinaciones del discurso tradicional de la pintura. Los títulos de sus obras son fundamentales: dialogan con la imagen y orientan la lectura. Paleta, Azar, Mandala y Pacto son algunos de esos nombres, y la ironía surge al vislumbrar que constituyen referencias insólitas para lechugas amontonadas, manzanas arrojadas, limones en danzas simétricas y caracoles en procesión espiralada. Una relectura de las figuras, sus colores y mitos asociados arroja otros juegos laterales: un ordenamiento de ajos (¿conjura?) construye algo identificable como una cruz esvástica; un racimo de bananas instaura un Abanico de posibilidades; una aglomeración de morrones rojos arma un Sagrado Corazón. Acaso lo más llamativo de las pinturas de Aisenberg es su intención herética, esa actitud contestataria de sustraer los "objetos orgánicos" de su triste destino de bodegón o naturaleza muerta. Lo mejor que podía pasarles a esos vegetales es esto: estar casi húmedos, y formar parte de una cultura viva que logra -desde el pincel de la artista- conservar el latido esencial que hasta las más rígidas estructuras llevan adentro.¬
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Eva Grinstein¬
AACA / AICA¬